2025-04-09 07:54:56

Por Johan Sebastián Ochoa

La locura de estos días

No sé por qué mandarme la mano al bolsillo, sabiendo ya que nada traía; mucho menos por qué consultar la hora de un reloj que hoy en mi brazo no aprieta. Bien curiosa es esta locura de la que voy cayendo en cuenta apenas, mientras el tiempo entreteje un naufragio. A veces me agarro el pelo, creyendo que con las falangetas abiertas voy a sujetar un elegante sombrero, una corona de plumas, un largo gorrito de piel. A veces me agito en la cama considerando que es un vacío, o me levanto del comedor y me sorprendo luego en la ducha, descargando los trastos sucios. Otras veces mis dedos hurgan en una barba perdida, mi lengua busca la boquilla de una pipa que nunca encuentra. Como el canino abalanzado a la cola que por lo general no alcanza, a veces giro la cabeza buscando ver la hueca figura de mi columna vertebral, doy un brinco pensando que mis extremidades me impulsarán en el aire, me veo en el espejo, y veo al hombre que mira creyendo que es él el que se ve. Y parece que esto viene sucediendo desde mucho antes de lo que puedo recordar. 

Me han dicho que rodé por las escaleras cuando era niño, alguien tuvo que tomarme del suelo, raspado, con la sangre brotando lento —sin carrera ni prisa, indiferente a la muerte—, y me ha puesto en esta ruta en la que todo dolor es aparente, una tórrida chispa que trastabilla hasta apagarse en el polvo. Allá debió empezar todo esto, en un triciclo que yo suponía cohete, en una cobija que hacía de mi cama una íntima cueva.

Antes de saber lo que es la ira. A mí me cuesta entenderlo porque las palabras son también hormigas, caminan, insufrible cosquilla en el pecho. Era natural equivocar una palabra, decir “tao chía” en vez de “chao tía”, o llegar a imponer con tanto aliento un lugar a una lectura, que al recorrerlo creía haber estado ahí hacía poco. Todo inofensivo; o cuanto más indisponer a algún neurótico por reírme en su cara, ignorando una orden en lo que yo entreveía broma. Consecuentemente espantoso vivir la vida.

Abrazar a una mujer y sentir la forma en que la silueta rechaza los brazos, la altura acostumbrada, la dimensión de la cintura o las manos de ella, que debieran recibir mi cuello y besarme, la misma forma en que se rechazan frases enteras, los oídos no reconocen un tono de voz, y luego se amilana la noche que de por sí ya es parda. La locura de estos días, esta costumbre sin razón que no para.

Un día, ¡saz!, tirar lejos el teléfono móvil, desesperado y sin poder contener; qué importa lo irreversible en la cosa material, uno muere y nada se lleva. Por supuesto que hay qué perder aún con una tal trivialidad, están las personas con las que no puedo hablar, las fotografías que no van a salir, el minuto que no podré ver. En el instante es solo una armonía que fuerza los movimientos del cuerpo, provisto de sí, fuera de mí, con alcance verdadero de divinidad, desdoblarse lo prosaico en lo poético. Un rato más y nace la voz que reclama que no estuvo bien hecho. ¡Oh, larga y rápida vida!, después te las traes.

¡Saz!, un golpe de lleno en el muro. La sangre emerge de la mano en temporal, cae en forma vertical y recta, constituyendo una línea roja. De manera que no puedo ahora escribir, no puedo manipular el teclado o el lápiz, ningún artefacto manual, ni tijeras ni tiza. No tengo más la facultad de escribir una carta, un mensaje de auxilio, una glosa. Imposible para mí, ahora, contribuir a la memoria escrita de los hombres, habrán de ser recordados nada más mis actos, que tienen su pórtico y su clave, el límite de otros ojos que trituran mi propio ser.

De un golpetazo pulverizo en mi rodilla la rótula. Hoy cojeo al caminar y no grito, pero el mundo es empujar este alto cuerpo abotagado. La impotencia ha venido siendo una bala de fusil. Hay como una injusticia, un elemento incomprensible que no resuelvo, y una mirada, un gesto, que me lleva a otro lugar donde no hay cadena, donde un río de fuego corre a la otra orilla de la palabra, y yo, cual erupción de volcán, no temo entrar a él.

¡Saz!, en mi estómago se diluyen unas pastas amargas, decenas de pastas que lo queman y lo laceran hasta esterilizarlo. Muchos órganos se deshacen en breve, ya no puedo alimentarme, ya ni el agua es digerible o refrescante, termina la lucha por subsistir o arrastrar la piedra; si no debo comer, puedo solo quedarme acostado en un parque e ir cada día a una biblioteca. Nula ilusión, supongo. Hoy, en procura de una reminiscencia edípica, me he arrancado los ojos para ver mi pasado y el mundo. Se desconecta el presentimiento de las cosas, y en el desamparo de lo improbable, no sabría decir si lo que permanece es una sombra o es negro, no sabría decir si lloro. La verdad y la comprobación de todo son conmigo, cada materia debe tocarme en la piel para tener existencia, yo soy un método objetivo y ciego. 

Puedo ser el hombre que es todos los hombres, en todas las épocas. Por estar desprovisto de un atuendo fijo y no verlo, por no acceder a una máquina o una tecnología específica que me una a la cultura de una era, soy ese hombre o puedo serlo. Padezco las mismas inquietudes, iguales miedos y caprichos y errores. Tan solo no soy anterior al libro, al mar, a la tiniebla fría protogénesis. 

La zozobra, la indignación, el abuso: una roca lanzada con catapulta, una lanza en la palma de un indio, de un negro, de un conquistador hispánico, un guerrero romano o de Atenas. Y moría de rabia, siempre de rabia moría, y en la herida se condensaba, con la tierra y la mugre, la sangre.

¡Saz!, como puedo, desgarro las orejas a costado y costado de la cabeza, las palabras pronunciadas en voz de otros no existen. ¡Saz!, un impacto en las piernas, caigo en un fango vegetal, estoy en una extensa noche, en el conticinio, lo más profundo del silencio, la inacción, la inmovilidad. No hay luna o estrellas, no hay fiera, insecto, víbora. Mi tamaño bien puede ser cósmico, yo la inmensidad y la eternidad. El fuego prometeico es conmigo, desde aquí esta lengua tensa y plana expresa un barullo.

 Como puedo me extirpo la nariz, no sé si lloro. Como puedo me arranco la lengua, desencajo los maxilares, atravieso mi pecho, no pienso; me decapito.