2025-03-31 19:19:20
Almas Liberadas
“Cuando te veo, siento que todos mis pecados son perdonados”, dijo él después de haber llegado al reino de los cielos.
Era el otoño de 1992. Como cada mañana, Zack Wolman se despertaba sudando de frío a causa de la misma pesadilla que siempre lo atormentaba. Sin embargo, se levantaba y se mojaba un poco la cara; de esta forma, conseguía estar más tranquilo. A las 6:30 a. m., una ducha de agua fría ahuyentaba todos sus demonios y, a las 8:05, llegaba la hora del desayuno (un huevo cocido, un pan y un pequeño vaso con agua), el cual siempre le había parecido insuficiente para llenar su apetito mañanero. No obstante, le tocaba conformarse. A las 9:30, una lectura de una cita bíblica lo hacía sentir menos culpable y, a las 12:00 del mediodía, un almuerzo un tanto desagradable alimentaba su estómago hambriento. Después de las 2:15 p. m., empezaba a desesperarse. Era difícil encontrar algo que hacer para entretener la mente… La escritura era su mejor aliada en estos casos. La cena, que era a las 6:00 p. m., casi siempre era más irritante que el almuerzo: un estofado mal preparado que constantemente le caía mal. Al llegar la noche, después de dar varias vueltas en la cama, conseguía dormir con la triste certeza de que mañana sería otro día igual que ayer o, incluso, peor, debido a que se despertaría en la misma celda y con una sentencia de muerte que le hacía desear ser inocente. Restaban tres días.
Wolman era un exmilitar estadounidense que había combatido en la Guerra Fría entre los años 1985 y 1990. Su aspecto físico era el de un veterano de guerra: en todo su cuerpo había cicatrices de lo que había sido aquella lucha, su rostro definía sutilmente sus 32 años, su cabello un tanto rubio junto con sus ojos azules y su color de piel blanca determinaban sus orígenes. Sus dientes amarillentos eran notorios debido a su adicción a la cafeína y al cigarrillo; de la misma manera, su bajo peso indicaba su escasa alimentación, y su 1,77 de estatura lo hacía lucir más delgado. Por otro lado, el aspecto psicológico también tenía marcas de la guerra. Antes de ella, se podría decir que era un hombre valiente y atrevido; no obstante, desde que estaba encerrado en esas cuatro paredes, se convirtió en alguien ansioso (aspecto que era posible ver en sus uñas carcomidas), nervioso, alegre en muy pocas ocasiones y deprimido la mayor parte del tiempo.
Su vida después de la guerra no había sido la misma y, en realidad, él tampoco lo era. Algo había cambiado. Tenía estallidos de ira y delirios de persecución, los pequeños sonidos lo atemorizaban y recurrentemente soñaba que le disparaban en la cabeza. Por todo esto, debía tomar tres pastillas diarias que lo ayudaban a autocontrolarse, aunque estas no siempre funcionaban. Un día, su mujer no aguantó más sus ataques de cólera y se fue de la casa llevándose a sus dos hijos consigo. Una fuerte depresión lo llevó a sumergirse en el humo del cigarrillo y el alcohol.
¿Por qué estaba allí? Hasta él mismo se lo preguntaba de manera arrepentida cuando recordaba lo que había hecho. Posiblemente, el alcohol fue lo que lo llevó a cometer tal atrocidad. Todo ocurrió el 27 de marzo de 1992. Zack y su mejor amigo, Robert Miller, se encontraban tomando un par de cervezas en el bar “Black Pearl”, que quedaba a pocos metros de la casa del señor Wolman. Para ese entonces, se estaban llevando a cabo los Juegos Olímpicos de Barcelona y ambos disfrutaban viendo los partidos de fútbol. Ese día, propiamente, se disputaban el puesto a cuartos de final Australia vs. Suecia, así que tanto Zack como Robert decidieron apostar quién se quedaría con dicho puesto y que, en su debido efecto, el perdedor debería pagarle cinco dólares al otro. Wolman apostó que el pase se lo llevaría la selección de Australia, mientras que Miller decidió apostar por Suecia.
Entre bebida y bebida transcurrían los minutos del partido. Un gol de Australia hizo que el ambiente se tensionara, pero un gol del equipo rival hizo que todo volviera a la calma y que Zack encendiera un cigarro. El empate se mantuvo intacto hasta que, en los últimos minutos, Australia anotó el segundo gol del partido, con el cual se consolidaría la victoria tanto del equipo como la de Wolman. De inmediato, este cobró los cinco dólares a Robert, pero lo que no sabía era que este no traía ni un solo centavo en el bolsillo. Esto hizo que Wolman estallara de ira, así que, rápidamente, sacó un revólver que siempre mantenía escondido atrás del pantalón y le disparó impulsivamente a su mejor amigo. Nadie alrededor entendía lo que estaba pasando y, entre tanta incertidumbre, alguien alertó a la policía, la cual llegó de inmediato y capturó al homicida con las manos en la masa.
Desde hacía seis meses estaba entre rejas. Un espacio de no más de cuatro metros de largo por dos de ancho le generaba claustrofobia, y el asqueroso olor a retrete lo tenía mareado. Las duchas estaban afuera y eran compartidas (esto no le incomodaba debido a que ya estaba acostumbrado). Algunos prisioneros eran bastante molestos, pero nada que no pudiera soportar. Una cama anclada al suelo con un colchón duro como una roca hacía que sus noches se hicieran más largas. Sin embargo, al lado de esta había una pequeña mesa de cemento sobre la cual siempre colocaba su objeto más valioso: una Biblia. Una cruz en la portada siempre lo conducía a abrirla y, aunque sus hojas estaban desgastadas y amarillentas, cada vez que leía un salmo se sentía más cerca de Dios, a ese ser que no veía, pero que con su silencio hacía que su soledad se desvaneciera. Sin darse cuenta, ese libro de más de 1,740 páginas se había convertido en su refugio y salvación.
La hora había llegado. Era obvio que sentía miedo, pero las ganas de morir eran más fuertes. Lo llevaron a un cuarto con poca luz y lo amarraron a una camilla. Mientras la inyección letal corría por sus venas, miraba a su alrededor. El ambiente era pesado, frío, aterrador, y el olor a muerte era evidente. De repente, sus ojos se fueron cerrando lentamente y su cuerpo se fue palideciendo. De la misma forma, empezó a sentir que su alma se desprendía de su cuerpo y una luz incandescente lo condujo al paraíso, en donde fue recibido por Dios y su mejor amigo. En ese instante, no podía creer lo que estaba viendo. Por fin se sentía libre de toda culpa. Había recibido el perdón del Padre de los Cielos y, el más importante, el de su amigo. Ahora los dos eran almas liberadas. Ahora él también estaba muerto.
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