2025-03-31 19:19:11

Por Juan Andrés Valencia Arbeláez

La muerte de Francisca

De rodillas, frente a una rústica cama de madera de guadua, una mujer con la cara arrugada

 

 

y ajada por el paso de los años se encuentra repitiendo varias jaculatorias, mientras pasa por

sus dedos de salchichas las cuencas de un rosario. “Requiem aeternam dona eis, Domine”,

dice con una voz marrano degollado que los otros presentes en la habitación ignoran, pero de

lo cual no se da cuenta debido a su sordera. “Requiem aeternam dona eis, Domine”, repite

nuevamente, y esta vez le responde el llanto de un niño, que grita debido al calor sofocante

de la habitación.

—¡Saquen a ese niño por favor!, no va a dejar morir en paz a misiá Francisca— habla

subiendo el volumen de voz Gustavo, un viejo amigo de la familia, mientras frunce el

entrecejo.

—¡Y el cura nada que llega! —menciona Joaquín, el hijo mayor de la moribunda, mientras

camina de un sitio a otro de la estancia dando fuertes zapatazos—. Eso me pasa por enviar a

José, seguro se detuvo a beber en la cantina que está en mitad de camino. Pero donde mamá

se muera sin la Santa Unción, juro que mato a ese infeliz... ¡Y que alguien calle a ese

culicagado por Dios!

—¡Fermín tiene todo el derecho de estar acá, como vos! —exclama Luisa en defensa de su

hijo —. Mamá desea que su nieto favorito esté con ella durante este momento.

—¡¿Desde cuándo Fermín es el nieto favorito?!, si nació hace menos de 3 meses —pronuncia

otra de las 5 hijas de Francisca, a la vez que mira con una ceja arqueada a Luisa —. Todos

sabemos que el nieto preferido de mamá es Ángelo.

 

Y así, entre gritos, reclamos, malas miradas, oraciones, zapateos, una veintena de personas

(entre familiares, vecinos, y amigos) en una pieza no más grande que dos caballos en fila

recta, y el bochorno de la tarde, se encontraba agonizando Francisca. Era una mujer longeva,

de 80 años, había nacido en el campo de un municipio enclavado en medio de las montañas

antioqueñas, cuando no había llegado todavía la radio. De niña quiso ser monja, pero se casó

a la edad de 14 años con su primo Alberto, 10 años mayor que ella, porque su mamá le inculcó

que era su obligación, como última hija, el cuidar de su madre en la vejez; así que, para no

quedarse sola una vez su progenitora falleciera, optó por desposarse el primo que más lindo

le parecía. Tuvo su primer hijo a los 15, pero lo perdió poco después de nacer. Su segundo

hijo fue Joaquín, quien nació dos años después que el anterior. Tras él siguieron otros tres

varones y cinco mujeres, y posiblemente hubiesen sido más si no fuera porque su esposo

Alberto falleció a los 45 años en un accidente de construcción. A partir de entonces la

obligación económica recayó en manos de Joaquín, pero ella lo apoyaba con la venta de

gallinas, cerdos, leche, empanadas, y otros productos, mientras se encarga de la crianza de

los más pequeños, porque siempre fue una mujer trabajadora.

 

Había tenido una vida feliz, sin mayores sobresaltos, le hubiese gustado tener más hijos,

quizás 12, como su hermana Josefina; o 15, como su vecina Otilia. Aun así, se sentía feliz de

su familia, sí, es verdad que algunos de sus hijos tenían problemas con el alcohol, el juego,

la lasciva, la ira, o la pereza, sin embargo, eran unidos entre ellos, y es por eso que deseaba

verlos a todos juntos antes de partir al otro mundo.

 

 

—¡Mamá, mamá!, —le susurra al oído Joaquín, sacándola de su reflexión— acuérdese de

decirle a papá en el cielo que lo queremos mucho.

Ella hace un quejido que es tomado por respuesta afirmativa. Mas al poco tiempo, Joaquín

vuelve a acercársele a la oreja para decirle:

—Ma, y acuérdese de venir en sueños a decirme los números de la lotería.

Ella volvió a quejarse, y es en ese momento que la señora que se encontraba orando de

rodillas en el lecho de muerte de Francisca se pone en pie para exclamar con ese gaznate que

finalmente había llegado el sacerdote. Este no pierde el tiempo y comienza a sacar de su

maleta los oleos, la estola, un crucifijo, agua bendita, un cofrecito con unas hostias, y un libro

del que empieza a leer mientras unge con los sagrados aceites la cabeza, manos, y pecho de

Francisca. Todos los demás observan esto entre bostezos, como esperando a que suceda algo

importante y novedoso.

 

El silencio de este ritual se ve interrumpido cuando la señora que repetía el réquiem se lleva

las manos a la cabeza y dice: “los espejos. Olvidamos los espejos”. En ese momento los

adultos abrieron sus ojos como platos, y algunos salieron prontamente a buscar sabanas con

las cuales tapar esos cristales, y los niños se miraban preguntándose qué pasaba, una de las

adultas les dijo que, si la abuelita moría con algún espejo al descubierto, o su cuerpo pasaba

por alguno, este atraparía el alma de la mamita, no dejándola descansar en paz.

El sacerdote ignoró todo y siguió haciendo sus cosas como quien sigue el guion de una obra,

la cual terminaría con la muerte de la protagonista. De hecho, al terminar sus antiquísimas

oraciones en latín, Francisca comenzó a respirar más pesadamente y a sudar profusamente;

también, su cuerpo comenzó a temblar y a llamar a Alberto para que la ayudase a subir una

colina. Entonces, paseó la mirada por cada persona presente en la habitación y reclinó la

cabeza ya sin vida en la almohada.

 

El cura se dispuso a cerrarle los ojos, y las mujeres presentes en la pieza comenzaron a llorar

y a gritar, algo que hacia que los niños también lo hiciesen. Los hombres por su parte se

disponían a calmarlas, pero realmente se acercaban a sus oídos para decirles que debían de

llorar más fuerte para que los demás creyeran que era quien más amaba a la difunta.

La señora que recordó que era necesario tapar los espejos volvió a arrodillarse frente a la

cama y a decir “requiem aeternam dona eis, Domine”, mientras pasaba las cuencas de un

rosario por sus dedos de salchicha, situación que hubiese pasado desapercibida otra vez si no

fuera porque ahora le contestaba el sacerdote. Joaquín se acercó con un vaso de agua que

puso sobre el nochero para que el espíritu de su madre bebiera durante su paso al cielo,

después se acercó al cuerpo yerto de su madre y dijo: “mamá, acuérdese de lo de la lotería”,

y dicho esto, le besó la frente.

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